Ago 04 2009

‘Fashion’ de mercadillo

Published by Administrador at 7:22 under General

¿Quién dijo que para ir a la moda hay que arruinarse? Dos ‘personal shopper’ nos acompañan al rastro de Puerto Banús para comprobar si lo bonito también puede ser barato.

La riada de compradores, muchos con pinta de compulsivos, va cual rebaño avenida arriba en busca de la ganga del día. Entre la marabunta somos uno más. O uno menos. Nuestra misión es bien distinta. Nada de abrir la cartera ni de guardar cola en el cajero automático, que está atestado. Nuestra compra será virtual con tintes de experimento sociológico: comprobar que ‘fashion’ y mercadillo no son dos palabras que se repelen, como el agua y el aceite. En época de crisis hay que aguzar el ingenio y relegar el momento de descuartizar la hucha del cerdito lo más que se pueda. ¿Bueno, bonito y barato? Pasen y vean.

Lleva su tiempo aterrizar en el batiburrillo de puestos que dibujan el rastro de Puerto Banús, junto a la plaza de toros, uno de los más ‘chic’ de la Costa del Sol (algo que, al final, también se nota en el precio, un poco más subido que de costumbre). Atestado de guiris y de turistas de Despeñaperros para arriba y con tenderos vociferando desde biquinis a tres euros a simuladores del canto de los pájaros que se meten debajo de la dentadura, hay que hacer un ejercicio de abstracción para no ponerse de los nervios. Inspire, respire y listo. Nos acompañan en el noble arte de ir de compras Desireé Morales y Noelia Álvarez, las dos mitades de Miscelaneus, una empresa dedicada a la asesoría de imagen tanto a personas como a empresas. Dos ‘personal shopper’ que rastrean que da gusto y recogen el guante que les lanzamos sin complejos. «Ir al mercadillo no es lo común en nuestra profesión aunque sí tenemos clientas que van por su cuenta, sobre todo para comprar cosas para todos los días: sombreros, vestidos para la playa…», explican. Hoy nos echan una mano salvadora. En la hoja de ruta, dos objetivos: Lograr un ‘look’ de fiesta y otro de verano sin que la cartera tirite. Hay que buscar calidad, buen gusto y chollos. El rastro es suyo, de punta a punta, de puesto a puesto. A comprar…

La flauta suena a los pocos minutos. Cuando apenas llevamos unos pasos, las dos fijan la mirada en un mismo vestido. «¡Qué mono!», exclama Desireé. Noelia asiente. Hecho. Ya tienen los mimbres para el estilismo de fiesta: un vestido de algodón con un aplique de flores en el escote y tres capas de volantes en gris, negro y beige. «Es bastante diferente y original y el color se puede combinar bien. No es lo clásico». Y asequible. 20 euros. Me toca hacer de abogada del diablo con el dependiente: «¿Si le aprieto un poco me lo pone más barato?». «Seguro», me dice. Así que 20 euros y bajando.

Con el vestido siempre en mente, toca buscar los complementos. La siguiente parada es un puesto donde se codean decenas de bolsos de lo más dispares. «¿Te parece éste?», se preguntan entre ellas. «Sí. Es fácil de combinar». ‘Voilà’. Bolso de 15 euros tipo ‘baguette’ en color beige tornasolado e imitación de piel de cocodrilo. A la cuenta virtual se suman 15 euros y unos cuantos minutos después otros 20 euros, diez por cada tacón. La cosa se alarga. Los zapatos no convencen tan pronto. Hay que buscar los perfectos. Que casen con el vestido y con el bolso. Cómodos, elegantes y con buena pinta. El calor aprieta cada vez más y la riada de gente, también. En el último rincón se produce el hallazgo: zapatos color beige con detalle dorado en el empeine. Divinos y asequibles. ¿Qué mas se puede pedir?.

La cuenta suma, de momento, 55 euros y el ‘look’ de fiesta, propio para una boda, un cóctel o cualquier sarao que se precie, está casi listo. «Se pueden elegir como complementos unas buenas pulseras, porque con el aplique del escote un collar sería muy recargado», aconsejan sobre la marcha. Pero hete aquí que en su camino aparece, de improviso, un puesto repleto de tocados y sombreros ante los que cuesta trabajo resistirse. A ellas y a la muchedumbre que los manosea delante del espejo. «¿Le importa que le hagamos una fotografía a éste para el periódico?», le consultamos. «No, que me copian los diseños», nos contesta contrariada la señora, celosa de su coqueta oferta. Sacamos nuestras dotes negociadoras y, como ven, cambia de parecer. «Ese vale 35 euros, que las plumas voladoras son carísimas», advierte. «En cualquier centro comercial te costaría por lo menos 200 euros», apunta una señora que va a por el segundo. El precio es de lo mejorcito que podemos encontrar, añade la espontánea, de lo más entregada. (En los tocados todavía soy profana, lo asumo). Y sucumben.

Devotos del rastro El reloj sigue avanzando. Mediodía. Doce en punto para ser más exactos. La mitad del encargo está lista. Podemos plantarnos en una fiesta, de mercadillo de arriba a abajo, sin despertar la más mínima sospecha, a no ser que nos pille alguna devota del rastro de Puerto Banús, que se cuentan por miles. «Lo más importante es saber llevar lo que te compres. Saber combinar las cosas. Puedes llevar perfectamente un vestido de firma y un bolso de mercadillo porque no pone un cartel que diga dónde te lo has comprado», comenta Desireé sin dejar de mirar a los lados, siempre a la caza del chollo que hay que rubricar la mañana de ’shopping’: vestirnos para ir a la playa o a tomar el mojito. Que para el caso es casi lo mismo.

Un cartel donde pone cinco euros les atrae como un imán. A ellas y a mí. Suena la mar de bien y no defrauda. En uno de los percheros, un kaftán de gasa, colorido pero sin ser estridente y con unas pequeñas cuentas salpicando el escote de pico se cuela en este peculiar carrito. «’Fashion’», exclaman. «Te lo puedes poner encima del biquini o para ir a comer», aconsejan. Hablando de biquinis, al otro lado de la calle venden trajes de baños en dos partes y a tres euros. No es que sean para tirar cohetes pero busca que rebusca sale uno de braga negra y sujetador negro y blanco. Discreto, al menos.

Desireé y Noelia siguen a lo suyo. Buscar una cesta mona para que cuando vayamos a la playa no nos olvidemos de la toalla. «Míralas, ahí están», enfoca Noelia hacia un montón de capazos de mimbre puestos en el suelo. El resto de los mortales habría pasado de largo, sin darse cuenta. Pero ella es personal ’shopper’ y eso se lleva en la sangre. Como un buen perro sabueso que localiza el hueso aunque esté enterrado bajo toneladas de tierra. Olfatos de otro planeta.

El hallazgo, a cinco euros, pone la cuenta del atuendo estival en diez euros. Lo que un menú del día en cualquier bar sirve para echar el verano entero. Aunque todavía vamos descalzas. Lo suyo son unas sandalias, más bien chanclas. «Como el kaftán tiene muchos colores y pedrería lo mejor son unas blancas y sencillas». Dicho y hecho. Cinco euros. Bueno, cinco euros en el primer puesto donde echan el ancla. Al darse la vuelta, cosas de competencia, se topan con el mismo modelo de zapatos pero a dos euros menos. Consejo: primero echar un vistazo y luego abrir el monedero. Que en el mercadillo, lo del descambiar algo suena a chino. Total: 13 euros (16 si quieren echar a la bolsa el biquini casi de saldo). Y ahora sí. Finito.

68 euros menos (si aprietan, algo menos) y seis prendas más toca emprender el camino de vuelta. Duelen los pies y suda hasta el tabique de la nariz pero la satisfacción de haber salido victoriosas del experimento no nos lo quita nadie. «La gente se cree que las ‘personal shopper’ les van a hacer gastar mucho dinero y eso es un pensamiento erróneo. Lo primero que hacemos es mirar en el armario del cliente…», se defienden mientras enfilamos cuesta abajo. He aquí el ejemplo más claro. Con su ayuda hemos buscado hasta debajo de las piedras. Y sí, queda claro que se puede ir ‘fashion’ de mercadillo y sin dar el cante. Como mucho, entonando un antes muerta que sencilla…

Fuente/diariosur.es/

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